Apuntes Ignacianos #31
Presentación:
La unidad e integración son cualidades propias de los seres vivos. En cambio la dicotomía y la dispersión son por lo general aves de mal agüero que prenuncian la corrupción y la muerte. El siglo que acabamos de vivir fue el de la desintegración de la materia, que junto a la división del átomo nos dejó como amenaza permanente la desintegración del ser humano y la dispersión a todo nivel. El psicoanálisis trata de remediar esta desintegración psíquica. Pero los linderos de esta ‘atomización’ humana clavan sus raíces más profunda y lejanamente en la misma espiritualidad del hombre, allí donde se descubre siendo criatura del Creador. Analógicamente, la desintegración actual de la persona lleva a la búsqueda de una nueva integración espiritual, a través del zen, yoga, experiencias fuertes de los sentidos, o búsquedas pseudoespirituales ofrecidas por la sociedad de consumo en el supermercado de lo religioso. La desordenada multiplicidad evidencia el caos. Pero el Espíritu que aletea sobre la anarquía del ser lo convierte en «cosmos», por la integración del orden exterior e interior.
El presente estudio de Rodrigo Mejía, a la vez, profundo y práctico, serio y asequible, nos ofrece una alternativa válida para lograr la tan anhelada ‘integración espiritual’ según la experiencia y la enseñanza de San Ignacio de Loyola de perenne actualidad y como eficaz remedio contra la amenaza desintegradora del siglo XXI. ¿Orar más o trabajar apostólicamente más?, se preguntan algunos ¿Cómo caminar por el filo de una espiritualidad sólida sin resbalarse al lado de un espiritualismo desencarnado o, al otro costado, el de un activismo maquillado de apostolado? ¿Se trata de equilibrismo o de integración real?