Ignacio de Loyola y la vocación laical

Apuntes Ignacianos #32

Presentación:

La gran esperanza de la Iglesia para el siglo XXI es que se convierta en el siglo de la madurez espiritual de los laicos. Porque el «tiempo se ha cumplido» para una mayoría de edad que ha de permitirles desplegar su peculiar e indispensable misión en un mundo que bascula y en un país que se «descuaderna». Muchos de ellos y ellas pasan y pasarán a convertirse en testigos privilegiados de la revalorización de todo lo terrestre, ocurrida en la encarnación del Verbo; en continuadores de una creación realizada por Dios pero aún inconclusa; en teólogos de una praxis emparentada con todas las realidades terrestres, tan resaltadas por el Vaticano II. Todo esto, que queda por hacer, es su tarea específica. Son ellos y ellas los que más intensamente tendrán que vivir la singularidad evangélica del «estar en el mundo sin ser del mundo», buscando hacer de él un mundo otro, el mundo nuevo y la tierra nueva que jalonan desde la promesa. Por eso, a ellos y a ellas les compete, como a ningún otro, el saber buscar y hallar a Dios en todas las cosas, no obstante la opacidad de lo terreno.

Al primer anuncio de «el Reino de Dios está cerca» siguió una llamada abierta, en espera siempre de nuevas respuestas. Cada miembro del pueblo cristiano es llamado a ser, a su manera, un «pescador de hombres », en una misión que como a Pedro, el apóstol casado, le hace desbordar los confines familiares. En el Antiguo Testamento se seguía a Yahvé, o a la Ley, nunca a un hombre. En el Nuevo, todo aquél que es llamado a la radicalidad de un seguimiento, se siente fascinado y seducido por una Persona; sigue al hombre Jesús de Nazaret, al Cristo, al Hijo de Dios, para llegar a ser realmente ¡cristiano!