Apuntes Ignacianos #35
Presentación
La «paz» siempre ha sido una palabra esquiva y resbalosa. Se la quiere manipular pero ella no se deja. Por todos deseada y buscada y por muy pocos hallada y conquistada. Cuando se piensa ya tener la paz entre las manos se esfuma insensiblemente. Ya lo anunciaba Jeremías de modo profético e impactante: «Han curado el quebranto de mi pueblo a la ligera diciendo: ‘(Paz, paz)’ cuando no había paz»
Las conquistas de la guerra son más fáciles y frecuentes que las conquistas de la paz. No se conquista la paz sin pagar un alto precio por ella: dar un abrazo de perdón y reconciliación a quien primero se pensaba eliminar. «Ofrece el perdón, recibe la paz» (Juan Pablo II). Este es el camino que trazó también Ignacio de Loyola, primero en la Fórmula y luego en las Constituciones de la Compañía de Jesús: reconciliar a los desavenidos. ¿Misión imposible? Lo será cuando, presas de la desesperanza o de la indiferencia, dejemos de comprometernos con ella. Pero no podemos hacer tal afirmación cuando ni siquiera hemos aunado nuestros esfuerzos para realizarla. Somos conscientes de que se trata de una tarea bien difícil, delicada e impostergable, sobre todo cuando el nuevo nombre de esta guerra, «terrorismo» y la actual situación del país, del continente y del mundo globalizado la están exigiendo a gritos.
Por eso, humildemente, exploramos el camino «para dirigir nuestros pasos por el camino de la paz». Esta es la labor que se ha propuesto el CIRE en unión con el Programa por la Paz de la Compañía de Jesús, al emprender un estudio en conjunto para atisbar qué nos está exigiendo la paz desde la atalaya de la espiritualidad. ¿Cómo ser cristiano y actuar en nuestra realidad conflictiva? ¿Qué rasgos nos deben caracterizar cuando actuamos desde la pascua de Jesús? ¿Cuál es el corazón de la reconciliación, su metodología? ¿Qué papel juega en todo esto el diálogo desde la espiritualidad ignaciana?