Apuntes Ignacianos #38
Presentación:
El mundo actual, en su desarrollo científico y técnico, es un gigante pero corre el riesgo de convertirse en un monstruo. Un cuerpo de dimensiones colosales pero con un espíritu raquítico que no se desarrolla a la par de su organismo. Un mundo materialista donde el espíritu se encuentra sofocado por falta de oxígeno, por haber cerrado la puerta al Espíritu que «es como el viento». Este oxígeno se llama la oración.
Hoy se habla mucho de oración pero se ora poco. Y no porque no se sienta, al menos en muchos, una imperiosa necesidad de orar sino porque la mayoría de las veces no se sabe cómo hacerlo. Con la pérdida del sentido de Dios en esta época posmoderna, se experimenta al mismo tiempo, como paradoja, una urgente necesidad de buscar una experiencia espiritual profunda. El Espíritu que constantemente «renueva la faz de la tierra», está suscitando por doquier una intensa hambre de Dios. Pero, ¿Cómo buscarlo? ¿Se requiere un mistagogo, una práctica del zen, del yoga, de las milenarias religiones orientales o internarse en los tortuosos senderos de la droga, del éxtasis, de los modernos alucinógenos que pretenden la «elevación del espíritu»?
Por otra parte, ¿sería suficiente una simple experiencia espiritual que nos saque del sofoco de lo material, del compromiso con el mundo que nos ha sido legado como tarea?; ¿bastaría una oración de tipo espiritualista
para encontrar al Padre de nuestro Señor Jesucristo? «A fuerza de hacer una oración sin historia, hemos creado una historia sin oración» -J. Comblin-. Es necesario, por consiguiente, aprender a hacer una oración que se encargue ante todo de proclamar la gloria de Dios, pero que no se olvide de nuestras necesidades materiales y de nuestra lucha contra el mal real, tal como nos lo enseñó Jesús en el «Padre nuestro».