Cada mes, el Centro Ignaciano de Reflexión y Espiritualidad (CIRE) y la Red Juvenil Ignaciana (RJI) ofrecen el Retiro Pedro Arrupe: una invitación abierta a todas y todos para detenerse, habitar el silencio y dejarse encontrar por Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Para el Retiro de este mes, la Comunidad de Acompañantes Espirituales (CAE) nos propuso orar en el tiempo de Pentecostés, contemplando el don más íntimo y desbordante de Dios: su propio Espíritu. El texto evangélico que oramos fue el pasaje del Evangelio según San Juan (Jn 20, 19-23): «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo; reciban el Espíritu Santo».
Los puntos de la meditación nos condujeron hacia el corazón mismo del misterio: el Espíritu Santo no es una fuerza difusa ni una energía impersonal, sino una presencia viva que nos habita, más íntima a nosotros que nuestra propia intimidad, diría San Agustín. La jornada nos movió a abrir los sentidos para que su luz transforme el modo en que miramos, escuchamos y tocamos la realidad; y a abrir el corazón para que su amor no se quede en palabras, sino que desborde en obras, en salida hacia el otro, en entrega. Cerramos con la misma petición con la que empezamos: que el Espíritu ilumine, infunda y fortalezca; y que lo que vivimos en oración no se quede en el recinto, sino que salga con nosotros.
Agradecemos al buen Dios la nutrida participación de tantas personas y la gracia de haber podido acompañar y ser acompañados en este camino de encuentro y comunión. Pedimos al Señor que, como nos recuerda el Evangelio, podamos recibirlo cada día con el corazón abierto, y dejarnos enviar, como el Padre envió al Hijo, al servicio de nuestros hermanos y hermanas.
Por: Sofía Escalante | CAE
