La experiencia de nuestro retiro Pedro Arrupe, realizado en julio, comenzó con la bienvenida a más de 50 personas en las instalaciones del CIRE. Fue una oportunidad para reconocer y acoger tanto a personas conocidas como a nuevas, quienes el Señor impulsó a vivir una experiencia de retiro ignaciano.
En esta ocasión, sin importar la cantidad de participantes ni los desafíos que implica sacar tiempo del día a día para encontrarse con Jesús, nos embarcamos en una de las formas de oración ignaciana más profundas y sencillas: la contemplación. Nos adentramos en lo más íntimo de la vida de Jesús, en aquello que no está escrito en los evangelios, en su vida oculta, utilizando únicamente la imaginación y la memoria sensitiva que nos caracteriza como humanidad.
Durante esta experiencia, nos acercamos a dos momentos significativos en la vida de Jesús: su paso por la escuela (sinagoga) siendo adolescente y un encuentro especial con su madre, nuestra Señora, antes de iniciar su vida pública, en el momento de despedirse para salir a la misión que el Padre le había encomendado.
También tuvimos la oportunidad de vivir una contemplación guiada, a partir de dos textos del libro María, el Carpintero y el Niño, del jesuita Pedro María Iraolagoitia Sj. Estos textos enriquecieron la oración y facilitaron aquello que San Ignacio proponía frente a la contemplación: pedir a Dios “como si presente me hallase” para adentrarnos en el misterio de la vida de un Jesús que, siendo divino, también se hizo humano, humilde y pobre entre los gentiles.
Como acompañantes espirituales del retiro, tuvimos la gracia de ser medios para que el Señor entrara en relación con los participantes a través de una conversación espiritual. Cerca de 20 personas, entre quienes asistieron presencialmente y quienes vivieron esta experiencia desde sus casas de manera virtual, guiadas por el Espíritu Santo, con miedos e incertidumbres, pero con un auténtico deseo de encontrarse con Jesús, participaron en este espacio de reflexión y oración.
Al finalizar, nos reunimos para celebrar la liturgia de la palabra, continuando la oración comunitaria y compartiendo, desde el espíritu y a través de la palabra, cómo el Señor nos enseña a descubrirlo en lo cotidiano para amarlo en la sencillez de cada día.
Sin duda, todos y todas estamos llamados a seguir peregrinando en nuestra vida, buscando el paso de Jesús en nuestra historia personal, en los hitos y heridas que, con profundidad, nos configuran como seres humanos y como cristianos.
Luis Parra, Comunidad de Acompañantes Espirituales