Cada mes, el Centro Ignaciano de Reflexión y Espiritualidad (CIRE) y la Red Juvenil Ignaciana (RJI) nos invitan a vivir el Retiro Pedro Arrupe, un espacio para hacer una pausa en medio del ritmo cotidiano, guardar silencio y reencontrarnos con Dios, que siempre sale a nuestro encuentro y nos habla al corazón.
En esta ocasión, la Comunidad de Acompañantes Espirituales (CAE) nos propuso orar desde el retiro «La noche dichosa: Orar nuestros propios desiertos”, inspirado en el pasaje del profeta Oseas (Os 2, 16-22): «La llevaré al desierto y le hablaré al corazón». Durante la jornada fuimos descubriendo que el desierto, aunque muchas veces lo asociamos con la soledad, la dificultad o la incertidumbre, también puede convertirse en un lugar privilegiado para escuchar la voz de Dios y dejarnos transformar por su amor.
A lo largo de la meditación fuimos invitados a reconocer esos desiertos que cada uno atraviesa en su vida y a contemplarlos desde una mirada distinta: como espacios donde Dios continúa llamándonos, sosteniéndonos y renovando nuestra confianza en Él. También reflexionamos sobre la importancia de responder a esa llamada con un corazón disponible, dejando atrás aquello que nos ata o nos aleja de su voluntad, para vivir una relación más libre, profunda y auténtica con el Señor.
Terminamos el retiro con un tiempo de diálogo personal con Dios y con la contemplación del poema Noche oscura de San Juan de la Cruz, que nos recordó que incluso las noches más difíciles pueden convertirse en camino de esperanza cuando se viven de la mano del Señor. Fue una invitación a mirar nuestra propia historia con fe, reconociendo que Dios nunca deja de acompañarnos, incluso en los momentos en que su presencia parece más silenciosa.
Damos gracias a Dios por cada una de las personas que hicieron parte de este encuentro y por la oportunidad de seguir caminando juntos como comunidad. Que la experiencia vivida durante este retiro siga dando fruto en nuestra vida cotidiana y nos anime a confiar más profundamente en el Señor, dejándonos conducir por Él para, como nos recuerda la espiritualidad ignaciana, en todo amar y servir.
Jonathan Panquera | CAE