Apuntes Ignacianos #80
Presentación
En la exhortación Apostólica Amoris Laetitia, entre muchas otras enseñanzas y recomendaciones sobre la vida en familia, el Papa Francisco afirma que:
Los esposos cristianos son mutuamente para sí, para sus hijos y para los restantes familiares, cooperadores de la gracia y testigos de la fe. Dios los llama a engendrar y a cuidar. Por eso mismo, la familia «ha sido siempre el “hospital” más cercano». Curémonos, contengámonos y estimulémonos unos a otros, y vivámoslo como parte de nuestra espiritualidad familiar. La vida en pareja es una participación en la obra fecunda de Dios, y cada uno es para el otro una permanente provocación del Espíritu. El amor de Dios se expresa «a través de las palabras vivas y concretas con que el hombre y la mujer se declaran su amor conyugal». Así, los dos son entre sí reflejos del amor divino que consuela con la palabra, la mirada, la ayuda, la caricia, el abrazo. Por eso, «querer formar una
familia es animarse a ser parte del sueño de Dios, es animarse a soñar con él, es animarse a construir con él, es animarse a jugarse con él esta historia de construir un mundo donde nadie se sienta solo»1.
Desde esta perspectiva, la construcción de la familia se entiende como una auténtica participación en la obra creadora y salvadora de Dios en nuestra historia y el lugar donde se revela Dios a cada ser humano en el rostro del otro que se hace reflejo del amor divino para los seres que tenemos cerca y con quienes construimos un proyecto común de convivencia como miembros de una misma familia. Esta tarea que el Papa propone a todo creyente, supone, además, cooperar con la gracia de Dios que está trabajando en cada persona, y hacernos testigos de la fe para los que comparten nuestro camino más íntimo y familiar.
Algunos días antes de su muerte, el 18 de julio de 1556, san Ignacio de Loyola, encargó a su secretario, P. Juan de Polanco, escribir una carta al P. Fulvio Androzzi, en la que le encomendaba, de manera especial, el apostolado de los Ejercicios Espirituales. En esta carta, el santo insiste en la necesidad de seleccionar y preparar muy bien a los sujetos, buscando aquellos de quienes se espera mayor fruto:
Entre las cosas que suelen mucho ayudar, e intrínsecamente, los hombres, Vuestra Reverencia sabe que hay una muy principal: los Ejercicios. Os recuerdo, pues, que hay que emplear esta arma, muy familiar a nuestra Compañía. La primera semana puede extenderse a muchos juntamente con algún modo de orar; mas para darlos exactamente precisará hallar sujetos capaces e idóneos para ayudar a otros, después que ellos fuesen ayudados; de lo contrario, no debería pasarse más allá de la primera semana. Vuestra Reverencia extienda un poco los ojos a ver si puede ganar algunos buenos sujetos para el servicio del Señor, para los cuales la dicha vía es óptima.