Apuntes Ignacianos #41
Presentación:
Hoy nos ahoga la multiplicidad de signos, de símbolos, de logotipos de toda especie y condición. Señales de tránsito, logos de empresas, insignias de equipos… Ante tal proliferación, el riesgo es el no saber leerlos. Pierden su jerarquía, su valor y su mismo significado. Se hacen intrascendentes y generan una total indiferencia. De símbolos se convierten en jeroglíficos egipcios, es decir, indescifrables para el común de los mortales. Un chofer que no sepa interpretar las señales de tránsito arriesga la vida de los demás y la suya propia. Un cristiano que no sepa qué significan los sacramentos en la Iglesia, arriesga su vida cristiana y la vida eterna. Acaso los siete sacramentos, signos de la gracia divina se nos han convertido, parcial o totalmente en jeroglíficos que no nos dicen nada. A un bachiller de un colegio de religiosos, en un examen de cultura general para la admisión a la universidad le preguntaron: «¿Qué se necesita para hacer una buena confesión?»; «estar en gracia de Dios», respondió sin titubear. ¿Ignorancia?, ¿indiferencia?, o, ¿algo más?
«Los sacramentos son signos eficaces», «unas señales exteriores escogidas por Jesucristo para comunicarnos su gracia» -leíamos en el catecismo- «En relación con Dios nada está vacío, todo es signo suyo» (S. Ireneo, s. III). La Sagrada Escritura está llena de ejemplos de los signos sacramentales de la vida. Así en ella las personas, las cosas, los paisajes no valen solo por lo que son sino por lo que significan para los otros. Así también la Iglesia, como comunidad de Cristo y en su nombre, nos comunica la vida divina en su origen, la alimenta y la hace crecer hasta llegar a la plenitud en el mismo Cristo nuestro Señor por los siete sacramentos. Pero estas obras de Cristo, el Sacramento del Padre, por mediación de la Iglesia, Sacramento de Cristo, no operan simplemente como ritos mágicos, ni se reciben por tradición, por compromiso social o por conveniencias prácticas. Exigen el aporte de nuestra fe y la praxis de nuestra vida como cristianos, como nos lo recuerda san Agustín: «El que te creó a ti sin ti, no te salvará a ti, sin ti». De ahí el que, de vez en cuando, nos veamos obligados a hacer un retorno consciente a ellos.