Apuntes Ignacianos #24
Presentación:
Después de la ascensión de Jesús vivimos definitivamente en la era del Espíritu. Así nos lo prometió el Señor y se patentizó en Pentecostés. Y ahora, el Papa Juan Pablo II nos lo ha recordado específicamente al consagrar este año al Espíritu Santo como camino de preparación para el jubileo del nuevo milenio.
Sin la acción del Espíritu quedaríamos reducidos a lo meramente carnal, según el modo de hablar paulino. Pero más que clamar para que el Espíritu venga a nosotros, Veni Sancte Spiritus, somos nosotros los que
tenemos que acercarnos a El, que ya nos ha sido dado (Rm. 5, 5). «Nosotros vamos hacia Aquel que viene» repetía Teilhard de Chardin. Para venir a este Espíritu del Padre y del Hijo, muchas veces ‘congelado’ en nosotros, queremos marcar unos jalones en este derrotero espiritual.
El itinerario se abre con un Viento de libertad, proveniente del Espíritu como fuente de vida. Jesús, el hombre lleno del Espíritu, es también su portador y comunicador; su experiencia debe ser la nuestra para obtener la plena liberación, renovación y vivificación. Tal es el enfoque bíblico de Josep Vives.
Enseguida la indagación converge sobre dos aspectos de la presencia y la acción del Espíritu Santo en Ignacio de Loyola. Nos asalta una pregunta: si sus Ejercicios Espirituales son, de principio a fin, una escuela de discernimiento espiritual, ¿por qué Ignacio apenas si habla de la tercera Persona de la Santísima Trinidad en su manual? Alvaro Gutiérrez nos ayuda a encontrar la respuesta. Javier Osuna, por su parte, nos revela como Ignacio, en su persona y en su obra, fue un hombre totalmente abierto al Espíritu a quien dócilmente seguía sin adelantársele.