Lobos y Corderos

Imagen de José Yamid Castiblanco, SJ
José Yamid Castiblanco, SJ

“Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastoreará.” Is 11, 6

¿Lograrán habitar en la misma tierra israelíes y palestinos? ¿Podrán adorar juntos judíos, cristianos y musulmanes? ¿Convivirán pacíficamente enemigos de toda la vida? En esta bella imagen del profeta Isaías, los cristianos vemos más que una utopía; algo que por definición es inalcanzable o no tendría lugar (no-lugar; u-topos). Quienes creemos en Jesús confiamos contra todo pronóstico en que sólo en Él; sólo en ese niño que anunciaron los profetas, los seres humanos podremos vivir en paz.

No sabemos si todas las personas, religiones o culturas convergerán hacia una fe explícita en Jesús de Nazaret. Lo que sí sabemos y podemos esperar es que la paz y la reconciliación serán posibles en cuanto cada persona actúe conforme a Jesús. Haciéndose hombre nos transforma por su humanidad y nos salva en su divinidad: incluso en un modo que sólo Dios conoce, como lo afirmó el Concilio Vaticano II respecto a la salvación de los no cristianos.

Aun teniendo fe, es posible andar con poca esperanza en que los seres humanos pondremos de nuestra parte para que esta profecía de paz universal se cumpla: sueño que parecería más factible en el Reino animal, entre lobos y corderos, que entre seres humanos. Sin embargo, creo que una clave para no perder la esperanza es justamente la de hacernos como niños. Así como Jesús. Así como nos lo pidió.

Hace un par de años en Jerusalén tomé esta foto de una escena que me conmovió: tres niños jugaban en torno a una escultura que representa al mundo. Uno era judío (por su kipá), otro cristiano y otro musulmán (a juzgar por los atuendos de las madres). Recordé la invitación de San Ignacio a contemplar la encarnación y las tres personas de la Trinidad “mirando toda la haz y redondez de la tierra y todas las gentes […] en tanta diversidad: unos blancos y otros negros, unos en paz y otros en guerra […]” (EE 102 y 106). Me consuela ahora imaginar a Dios mirándonos con ojos tiernos e inocentes de niño. Me impulsa el sueño, diríase infantil, de un mundo sin divisiones o violencia. Me ilusiona saber que Jesús recién nacido cambió la historia y que, a nosotros, lobos o corderos, panteras o cabritos, novillos o leones, nos hará niños como él: sin rencores ni división.

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