¡Ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!

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Yamid Castiblanco, SJ

Es verdad que los diversos aspectos de la vida espiritual no se limitan a los tiempos litúrgicos de la Iglesia, aun si estos últimos están para profundizar en los primeros.  En Cuaresma y fuera de ella, estamos llamados a la conversión. En Pascua y en tiempo ordinario, podemos resucitar con Cristo. En cuanto al Adviento y la espera de la venida de Jesús (su nacimiento, la Navidad), confieso que, paradójicamente, es un tiempo que me gusta y un aspecto que me cuesta.

Tiempo de luces, pesebres, comidas y regalos, lo que para mí es más bello del adviento es la novena de aguinaldos, típica en Colombia, Venezuela y Ecuador. Tan poética y animada por villancicos que muchas veces se hace pero no se reza. He ahí por qué también me cuesta el adviento con su novena: por lo fácil que resulta quedarse en sus formas; por lo difícil que es tomarse en serio su sentido.

No es sencillo rezar sobre la espera sabiéndome impaciente y con la esperanza herida por la injusticia y las guerras; pedir que Jesús venga, aunque el mundo o yo le cerremos las puertas; aguardar el don gratuito de Dios en su Hijo, antes que “adquirir la felicidad” de una temporada consumista; darse con mayor entrega hacia los pobres y refugiados como Jesús, nacido sin albergue y exiliado luego en Egipto…

Pero al riesgo de quedarse en la superficie y la repetición mecánica de la novena no se responde con su abandono. Como toda tradición, la novena está allí para encender la devoción y reavivar nuestra esperanza. ¡Cuánto mejor cuando nos reúne como familia, vecinos y amigos! Ante la dureza de la realidad y a veces también de nuestro propio corazón es cuando más necesitamos cantar juntos: “Dulce Jesús mío, mi niño adorado ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!”

Sabemos que Jesús ya vino y que tras 2000 años de su partida nuestro mundo sigue herido por el pecado en múltiples maneras. Sin embargo, el adviento y la novena nos recuerdan que le seguimos esperando y que nos preparamos para el cumplimiento de una promesa: que Jesús vendrá de nuevo… que viene a cada instante de la vida para poner su morada en ella y hacer renacer nuestra humanidad.

A las tentaciones de consumismo, nostalgia y desconcierto por los males que podrían arruinar este tiempo gozoso, que la novena o la oración en este adviento nos ayuden a renovar la entrega cotidiana y la alegría de la espera.

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