Me invitas a abrir la puerta del cielo, ¿eres tú?
me dices: “escucha y contempla”.
Tu mirada no deja de verme.
Entonces vi la luz de tu rostro,
escuché tu voz suave como la brisa,
sentí tu brazo derecho de acogida,
olí el incienso de los que invoncan tu nombre desde la tierra.
La plenitud humana: siete iglesias.
Fidelidad, tu invitación eterna.
Un solo coro aclamando:
“La salvación es el Dios de nosotros, del cordero”
La muerte no sucede, tú muerte la disipa.
Nos sellas, nos hacemos pueblo tuyo
Tu decides hacer tuyo este pueblo.
¡Ay, Judá, Rubén y Gad! Ya no hay sufrimiento.
¡Ay, Aser, Neftalí y Manasés! La ira de Dios se volvió abrazo.
¡Ay, Simeón, Leví e Isacar! Ya no hay ni fuego, ni balanza, ni muerte.
¡Ay, Zabulón, José y Benjamín! El que era, el que es y, el siendo,
Ya está con-nosotros.
Ángeles, abuelas, abuelos, adoran a Dios.
Mújeres, hombres, niños, niñas, adoran a Dios.
Ya no hay hambre, ya no hay sed.
Sólo tu mirada, tus manos, presentes están.
De la gran opresión, nos ha liberado.
La vestimenta usada por lo humano,
el cordero, con su sangre, ha blanqueado.
Ya, a la vida, hemos sido guiados.
Habló y, mirando su voz, dijo: escribe lo contemplado.
Los dramas de la historia, el cordero ha mirado.
Resucitó de veras, el amado.
Regresó de nuevo nuestra esperanza, el miedo ha sido disipado.