Señor
Cuando el cielo parece guardar silencio
y el viento atraviesa los campos de mi alma,
haz que escuche nuevamente
el murmullo de tu voz.
No pases de largo.
Detente en el umbral de mi vida,
como el jardinero que conoce
cada raíz escondida,
cada rama herida,
cada fruto que aún espera su tiempo.
Mira la viña
que tus manos sembraron
antes de que yo conociera mi nombre.
Fue tu amor quien abrió la tierra,
tu esperanza quien depositó la semilla,
y tu aliento quien despertó la vida.
Si encuentras espinas,
no te apartes.
Si descubres ramas secas,
no las desprecies.
Quédate.
Porque solo tu presencia
convierte el desierto en jardín,
la noche en aurora,
y el llanto
en un himno silencioso de confianza.
Poda en mí
todo aquello que no nace del amor.
Arranca el orgullo que endurece la tierra,
el miedo que ahoga las raíces,
la prisa que me impide contemplarte.
Hazme comprender
que crecer también es esperar,
que florecer también exige silencio,
y que el fruto más hermoso
madura siempre bajo la paciencia de Dios.
Señor,
si alguna vez me pierdo entre mis propias sombras,
búscame.
Si el cansancio doblega mis ramas,
sostén mi tronco.
Si la esperanza se marchita,
derrama sobre mí
la lluvia serena de tu Espíritu.
Entonces mi vida
volverá a cantar sin palabras.