HABLEMOS DEL ALMA

Hace muchos años, a partir de algunas lecturas sobre Gandhi, me preguntaba a qué podría estarse refiriendo cuando mencionaba la palabra “alma”. Por otra parte, a él mismo se le distinguió con el epíteto de “mahatma”, que quiere decir “gran alma”. Estando niño, debí escuchar muchas veces la palabra alma y, seguramente, asociada a eventos muy tristes como, por ejemplo, la muerte de mis abuelos. En uno u otro momento, alguien debió decir: “El alma de tu abuelito se fue para el cielo”. Entonces uno quedaba perplejo.

Si en aquella época uno hubiera formulado todas las preguntas que se desprenden de dicha afirmación, seguramente lo hubieran mandado callar. Porque no son preguntas fáciles: ¿Qué cosa es “el alma”? ¿Cómo ocurre el proceso de separarse del cuerpo e irse para el cielo? ¿Qué es el cielo y dónde queda? ¿El alma sube al cielo? ¿Acaso el alma no puede “bajar” al cielo? ¿Entonces el cielo es algo que queda arriba? ¿De qué tamaño y peso es el alma? ¿Cuándo está todavía en el cuerpo, dónde se encuentra localizada? No quiero decir que esas preguntas se le ocurrieran a uno de niño. Como dije, uno quedaba perplejo, es decir, con la mente en blanco. Más bien, las preguntas van llegando, conforme uno va saliendo de la infancia y comienza a entrar en la edad adulta.


Un día, siendo ya adulto, mientras me tomaba un delicioso café en compañía de un primo que es médico, se me ocurrió preguntarle en qué parte del cuerpo se localizaba el alma. Supuse que el conocimiento que tenía del cuerpo humano le permitiría responder de manera probablemente certera. De esto hace casi treinta años, pero recuerdo que, al preguntarle, mi primo casi se ahoga con el café. Después de mucho toser, comenzó a reírse a carcajadas. Al final, cuando recuperó el aliento, me respondió con un lenguaje bastante procaz, lo cual siempre acostumbraba: “No tengo la más puta idea”. La conversación acerca de tan interesante tema no pudo, por tanto, avanzar más allá, y debí contentarme en ese momento con la certeza de que la medicina, probablemente, no tenía mucho que decir acerca del alma.


Como la pregunta me siguió dando vueltas en la cabeza, continué investigando. Hace un par de años un amigo me habló de un libro titulado “El cuidado del alma”, de Thomas Moore. He leído el libro
con mucho interés. Desde la introducción aparecen algunos esbozos de lo que podría ser la definición del alma, algo que supera, sin duda, el imaginario del alma como algo que se desprende del cuerpo cuando alguien muere, afirmación que, sin embargo, podría tener matices.


En fin, comienza el autor afirmando que los males y las angustias, tanto individuales como sociales, son la consecuencia de una “pérdida de alma”. En efecto, dice, las obsesiones, las adicciones, la violencia y la pérdida de sentido son la consecuencia de una pérdida de alma. Al contrario, por pura lógica, si uno encuentra remedio para el sufrimiento y logra vivir satisfactoria y placenteramente, uno estaría “ganando alma”. Diríamos, entonces, que “alma” no es algo que simplemente se encuentra en el cuerpo de un ser humano, no importa dónde, sino la expresión, frágil o fortalecida, de toda la complejidad constitutiva del ser humano. Es el modo como se expresa la “individualidad de un ser humano”, en toda su totalidad y en toda su capacidad de ser sociable.


Así las cosas, para el autor, ganar alma o perder alma son los opuestos en el proceso de construirnos como seres humanos. El alma, cuando no se está perdiendo, tiene que ver con la imaginación, la autenticidad y la profundidad que damos a la existencia. Son muchos, variados y puntuales los aspectos que, por tanto, tienen que ver con un alma que se está ganando: comer bien, hablar de temas interesantes, tener buenos amigos, mantener vivo el recuerdo de los buenos momentos, valorar y cultivar los afectos, fortalecer y aprovechar nuestra capacidad de amar, trabajar por objetivos comunes, valorar el silencio y la soledad, por mencionar sólo algunos.


Por otra parte, parece ser que el alma se afecta cuando emprendemos una lucha desmedida por erradicar de nuestras vidas las fragilidades propias de la existencia humana. En otras palabras “ganar alma” requiere de humildad. Un ser humano auténtico sabrá valorar, e incluso sacarle partido, a las fragilidades propias de su existencia. Aceptarlas será algo que le proporcionará paz. En efecto, el ser humano no pierde dignidad al aceptar sus fragilidades; al contrario, consolida justamente, en dicho acto, su dignidad. Es esto lo que le permitiría a una persona, sugiere Thomas Moore, “encarar” la cotidianidad de la vida sin estar buscando, desesperadamente, un estado de perfección o aquello que muchos denominan “la salvación”.


¿Dónde, pues, se encuentra el alma? El autor nos da pistas para afirmar que cualquier respuesta proponiendo un lugar físico como emplazamiento del alma sería desafortunada, poco convincente.
Prefiere, en cambio, afirmar que el alma está estrechamente vinculada a la vida, a todo aquello que contiene vida en el sentido más pleno de la palabra. Podrá haber alma, por tanto, hasta en los objetos, puesto que la energía que los soporta y lo que llegan a expresar por si mismos manifiesta, de alguna manera, un tipo de “vida”.

Recuerdo, como dije, la tarde en la cual pregunté a mi primo dónde se encontraba el alma. Leyendo a Thomas Moore aprendí que el lugar donde se encuentra no es lo importante. Y aprendí también que, esa tarde, mientras mi primo y yo conversábamos y nos reíamos; mientras compartíamos el placer de un café, amenizado por las notas de una canción colombiana; mientras vibrábamos de alegría y percibíamos la fuerza de la amistad; mientras gozábamos el instante que la vida nos ofrecía, sin saberlo asistimos a una de las muchas ocasiones en las cuales “ganamos alma”, él y yo, y fortalecimos así, intuitivamente, la asombrosa capacidad que tiene todo ser humano de acoger con asombro cada segundo de esta maravillosa vida, de esta misteriosa vida.

P. Jose Raúl Arbelaez, S.J.

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