Y se hizo hombre

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José Yamid Castiblanco, SJ

De todos los misterios que profesamos los cristianos, la encarnación de Dios en Jesús es el más fundamental para nuestra fe y el que quizás resulta más escandaloso, paradójico o difícil de creer. ¿Qué necesidad tendría Dios, quien todo lo puede y todo lo trasciende, de hacerse hombre? ¿Por qué en su encarnación está la base de nuestra salvación?

Cuando San Ireneo dijo que “lo que no se asume no se redime” se refería precisamente a esto: Dios asume nuestra condición humana para redimir o salvar nuestra humanidad; la de cada uno. Fiel a su naturaleza de Amor, Dios se hace ser humano en Jesús para comprendernos y amarnos mejor, para llevar a plenitud lo que somos haciéndose como nosotros; para revelar la divinidad de nuestra propia humanidad en todos sus límites y posibilidades. Dios se hace hombre en Jesús para abrazarnos junto con el Espíritu Santo en su comunidad o ser mismo de Amor y así comunicarnos su vida sin fin.

Como sucede con todos los demás misterios de nuestra fe, no confesamos sólo un hecho del pasado – rememorado especialmente en Navidad -, sino una dinámica vital en todos los pliegues de nuestro ser. Lejos de quedarse solitario o ajeno a lo que somos o padecemos, Dios se vuelve carne entre lágrimas y risas, anhelos y derrotas, cansancios y descanso, amores y partidas, trabajos y enfermedades… Efectivamente, nada de lo que somos es extraño a Dios y todo lo que somos es salvado por Él. Así, por Jesús, en ti y en cada uno el Amor divino se sigue haciendo humano… 

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