¿Salvar mi proposición y sospechar del prójimo?

Imagen de José Yamid Castiblanco, SJ
José Yamid Castiblanco, SJ

La Espiritualidad Ignaciana se vive entre polos y tensiones, pero mal vivida expone a extremos, como la ingenuidad laxa de justificarlo todo porque “Dios está en todas las cosas” o la sospecha sistemática de ver siempre lo torcido o egoísta en las personas. Todo por estos principios enfatizados por Ignacio: 1) Dios todo lo ha hecho bueno y en todas las cosas habita sin reducirse a ellas; y 2) el buen espíritu y el mal espíritu combaten en el corazón humano.

Caer en la ingenuidad laxa es fácil al olvidar que el bien proviene de Dios: del encuentro auténtico con él y del amor con que nos lleva a relacionarnos con los demás. Razón tenía S. Agustín al decir “ama y haz lo que quieras”. No porque cualquier acción esté permitida ni porque sea prohibido desear, tener gustos o aspiraciones, sino porque sólo bebiendo de la fuente del amor mis frutos serán buenos… sólo discerniendo personal y continuamente qué tanto mis acciones vienen de esa fuente evitaré los autoengaños.

Cuando Jesús respondió a alguien: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo Dios» (Lc 18:19) quizás quiso advertirnos justamente que los seres humanos no somos pura bondad o que no todo lo que hacemos está orientado (suficientemente) al bien. ¿Debemos entonces sospechar sistemáticamente de los demás; de sus motivaciones y sus acciones?

Con una antropología esperanzadora y una espiritualidad misericordiosa, Ignacio recuerda que el deber es “salvar la proposición del prójimo” (E.E. 22) y no suplantar su discernimiento personal ni someterlo a un constante juicio o sospecha. No sea que, por quererle arrancar su cizaña, se le termine arrancando también sus espigas (Mt 13, 24-52) o que, por querer sacarle la mota de su ojo, se entierre uno más la viga atravesada en el propio (Mt 7:3-5).

La mística y el discernimiento de estos dos principios para ver y buscar el bien serán entonces reales sólo desde Dios Padre, el único bueno, desde Jesús, el único que salva, y desde el Espíritu de amor, el único que nos reconcilia con nuestros límites y los de los demás. Desconfianza, autojustificación, superioridad moral, represión… no son signos de espiritualidad, ¡ni mucho menos ignaciana!

Compartir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Artículos relacionados

Que la Fuerza te acompañe

El famoso saludo “¡Que la Fuerza te acompañe!” de Star Wars sigue trascendiendo la pantalla y la espiritualidad. Más allá del juego

Sentir y Gustar: Entra y quédate

Señor Jesús, Muchas veces me gana el desánimo, vivo entre sepulcros vacíos buscando sediento las aguas vivas de tu refrescante

Sentir y Gustar: Una mirada que disipa los miedos

Me invitas a abrir la puerta del cielo, ¿eres tú? me dices: “escucha y contempla”. Tu mirada no deja de

Perdón que libera sin obligar

En una reciente escena conmovedora, un exmilitar condenado por ordenar la muerte de jóvenes inocentes en Colombia para usarlos como

¿Oras o laboras?

En sociedades crecientemente seculares – aunque la tendencia pareciera revertirse ya en algunos contextos – no es extraño que a

¿E-moción o senti-miento?

¿Te han dolido las entrañas por el dolor ajeno? ¿has llorado conmovido ante el Santísimo? ¿has sentido pena por tus