¿E-moción o senti-miento?

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José Yamid Castiblanco, SJ

¿Te han dolido las entrañas por el dolor ajeno? ¿has llorado conmovido ante el Santísimo? ¿has sentido pena por tus pecados o te has sobresaltado por canciones religiosas? Entonces quizás te preguntes: ¿la emocionalidad ayuda u obstaculiza la vida espiritual? Definidas como “alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, acompañadas de cierta conmoción somática,” las emociones no son buenas ni malas: simplemente acontecen. El punto es que, transformadas en mociones o movimientos, estas te conduzcan clara y consistentemente a Dios y al servicio de los demás.

Ignacio de Loyola nos habla de ellas y de la importancia de discernir si vienen y van al Buen Espíritu o al Mal Espíritu, aquello que atenta contra nuestro ser y plenitud verdadera. Esas mociones no siempre vienen de emociones. Por eso un gran error sería pensar que sin emociones (fuertes) Dios no se manifiesta. Experiencias de desierto y noche oscura de grandes santos nos dirían, de hecho, que más importante que la “conexión” es la relación permanente de amor con Él y con los demás.

Por otro lado, siendo los sentimientos el resultado consciente o inconsciente pero duradero de la experiencia emocional, Ignacio también descubrió en ellos un lenguaje por el que Dios nos habla, cuyo criterio bíblico de fecundidad es “por sus frutos los conoceréis.”

Que algunas espiritualidades, grupos o devociones populares causen sospecha por el supuesto énfasis que hacen en emociones y sentimientos debería llevar a preguntarnos por el valor real que les damos y por los frutos que nosotros y “esos otros” damos para un Dios que se comunica en múltiples maneras… en una Iglesia diversa donde los carismas están al servicio de la unidad, no de la división.

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