En sociedades crecientemente seculares – aunque la tendencia pareciera revertirse ya en algunos contextos – no es extraño que a creyentes más jóvenes nos miren con condescendencia o estupor cuando saben que oramos o que participamos de sacramentos regularmente ¡y no sólo por convención social! Casi como encontrar a alguien escuchar música de un Walkman y no de Spotify. ¡Toda una rareza!
Lo extraño es cuando miradas así provienen de creyentes para los que parece que basta postular conceptualmente a un Dios u obrar justicia en su nombre antes que insistir en una actividad tan humana como divina: la oración. Humana, porque parece lo único que no hacen ni animales, ni máquinas ni la IA. Divina, porque es el Espíritu quien ora en nosotros y nos hace decir Abbá (Rm 8,15).
Pero la oración es también humana Y divina, tal como lo vemos en Jesús, quien siendo plenamente hombre E hijo de Dios oraba e invitaba a la oración… con palabras Y en silencio, con la contemplación de la naturaleza Y con la meditación de la Escritura… Y es que la oración son todos los medios Y formas que expresan la búsqueda intensa y sincera de Dios. Tildar la oración personal o la liturgia de intimismo, pérdida de tiempo o inacción ante los problemas es desconocer que Jesús y tantos otros encontraron en ella fuerza para salir de sí mismos y servir a los demás. Insinuar que el laborar suplanta el orar o que cuando otros no oran como yo lo hago el Espíritu no labora, es ignorar que la oración es disposición y la gracia es regalo; uno que sorprende en todas sus formas, sonidos y colores. Uno que siempre da vida para seguir orando Y laborando.