Pruebas de ADN ¿Para probar qué?

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Yamid Castiblanco, SJ

Debido a mi fenotipo las personas se sorprenden a menudo cuando digo cuál es mi país de origen y con no menor frecuencia me preguntan sobre la procedencia de mis ancestros. En mi familia, como quizás en muchas otras, solo se sabe algo de los 8 bisabuelos y si acaso de uno que otro tatarabuelo (¡16 en total!).

Por disposición divina y sabiduría de la naturaleza, la procreación sexuada hace que nuestro árbol genealógico no sea una aburrida línea recta de un ser que engendra por sí solo a otro, casi como si sacara fotocopias de sí mismo. Dos seres, hombre y mujer, concurren para el nacimiento de una nueva vida, de modo que cargamos con la huella de un número tanto más exponencial de personas cuantas más generaciones pasadas tengamos en cuenta.

Nuestros genes o nuestro origen biológico hunden sus raíces en la noche de los tiempos, en la historia de la humanidad misma y su evolución. Poco importan las diferencias de raza, pues en cuanto especie todos tenemos como ancestros en común al Adán y a la Eva que evolutivamente llegaron a ser los primeros seres humanos.

Por este motivo, siempre he sospechado de la idea, no de elaborar un propio árbol genealógico, sino del presentarse convenientemente como fruto de la línea genética que más prestigio traiga, según los prejuicios raciales reinantes, o como herederos puros y directos de los ancestros que a los ojos de los demás resulten más respetables.

Paradójicamente, un amigo me envió hace poco, con gran curiosidad acerca de mis “orígenes”, un regalo inesperado: una prueba de ADN My heritage. La empresa misma advierte sobre el riesgo de descubrir devastadores secretos familiares como el no ser hijo biológico de tus padres o tener medio hermanos desconocidos. No advierte por supuesto sobre el potencial riesgo de seguir enriqueciendo con dinero y datos personales sensibles una compañía privada.

Cada cual es libre de correr o no esos riesgos. Con la prueba ya comprada y en mis manos, yo decidí aceptarlos. Sin embargo, de cara a ese tipo de test genético pienso que hay un par de preguntas más importantes: con qué fin hacerlo y a qué lleva. Saciada la curiosidad por el porcentaje de parentesco con gentes y grupos genéticos de otros países, a razón de ancestros migrantes, el resultado podría, por ejemplo, sensibilizar más contra la xenofobia o derribar en sí mismo barreras ideológicas dañinas y artificiales como el racismo, el nacionalismo y demás “ismos”. Pero la prueba ADN y su resultado podrían también llevar a sentirse de mayor pedigrí que los demás o a reforzar prejuicios sociales.

Resulta aquí aleccionadora la lista simplificada (siguiendo una sola línea) que S. Mateo (1, 1-16) hace de los ancestros de Jesús. Si bien es destacado el Rey David, se menciona, por ejemplo, que este engendró a Salomón en una relación adúltera con Betsabé o que ancestros del mismísimo Mesías son también Rahab, una antigua prostituta de Jericó, y Rut, una moabita pagana, por mencionar solo algunos de sus “incómodos” familiares.

Al final de cuentas, los árboles genealógicos y los test genéticos deberían llevarnos sobre todo a asumir con humildad nuestra historia personal y familiar, a descubrirnos hermanos de todos y a responsabilizarnos de nuestro destino común como humanidad… no a ufanarnos de posibles gotas de sangre azul o a demostrar con orgullo el propio abolengo. Por interesante o intrigante que resulte excavar en la oscuridad y complejidad de nuestras raíces, siempre serán más definitivos la dirección y el cielo al que apunten nuestras ramas.  

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